Saturday, 9 February 2013

Descomposición

—Teniente, no creo que se pueda identificar en este estádo.
—Tu has tu trabajo Mort. Deja que los forenses se encarguen de determinar eso.
Cerré el baul del auto, como la tapa de un ataúd. El Ford V8, ese caparazón de metal, encerraba el crimen en su interior así como la conciencia del asesino. Es mi trabajo desenterrar esa conciencia, así sea golpeando la cabeza del maldito contra el interior de una celda.
—Acordonen esta área, no quiero que nadie toque nada de ese auto hasta que los forenses me digan una fecha, una hora y una fase lunar.
Saque el estuche del bolsillo izquierdo del saco, y el encendedor zippo del derecho. Encendí el cigarrillo mientras pensaba en la marca del encendedor. Garantía de por vida: si un encendedor zippo se rompe, no importa lo viejo que sea ni cuántos propietarios haya tenido, la compañía lo remplazará o lo arreglará completamente gratis. El lema es que prende sin importar el clima. Viento o lluvia y prendía garantizado. Una llama siempre ardiente...
—Señor...
—Perdón, estaba pensando en lo frágil que es una llama humana.
—¿Cómo?
—No importa Mort, volvamos a la estación. Tenemos que atrapar a este maldito.
Subimos al auto, con ese gesto de sostenerse el sombrero al bajar la cabeza, tan parecido a cuando se le toma la cabeza a un criminal para que no se golpee. Como si nosotros mismos nos lleváramos cautivos. Pero ¿acaso no es eso la vida de policía? Uno está preso en la oficina, convicto en la calle, recluso en sus obligaciones, perseguido por la responsabilidad. Somos la última frontera que se alza entre esta ciudad y el caos.
—Empecemos por rastrear la matrícula del auto.
Entramos a la estación y fuimos directo a los archivos. El jefe me gritó algo, pero no estaba de humor, así que fingí no oírlo. Stan estaba ahí sentado donde siempre, en la puerta del archivo. Sus gafas redondas y su visera verde, enmarcando la mirada fija en el Tribune. Hubiera pasado a su lado sin saludar también, pero el tenía las llaves del archivo.
—Hola Stan, tenemos que rastrear una matricula.
—¿Tenemos? ¿Quiénes?
—No te pases de listo Stan. Abre esa maldita puerta.
Con las pobladas cejas fruncidas y los labios en trompa, pero nos abrió la puerta. El auto era de un tal Phil Cardigan, domiciliado en la calle 24 y la quinta. No muy lindo barrio, pero lo conocía medianamente bien. Revisé mi arma y salimos por el estacionamiento para evitar al jefe.
Llegamos en menos de diez minutos. Era un bar irlandés. Esa pinta decadente de poetas bohemios escapando del tedio, mezclada con obreros borrachos escapando de la realidad.
—¿Tú otra vez?
Mort no había bajado del auto aún y el gordo entró apresurado. No iba a escapar al interior... A no ser que el bar tuviera una puerta trasera...
—¿De dónde lo conoces Mort?—Dije al tiempo que cerraba la puerta del auto. Mort no respondió. Entré por la puerta principal. No había clientes, las sillas dadas vuelta, vidrios rotos por doquier, y el barman gordo con un taco de pool en la mano, acercándose enfurecido
—¿Dónde está mi hija maldito hijo de puta?
Mort sacó su arma y lo bajó de un solo tiro. Seguí el trayecto de la bala hasta el cañón humeante, su mano hasta su rostro impávido, y su mirada hasta el cadáver fresco como una lechuga.
—No hagas preguntas Garret y ayudame a meterlo en el baúl del auto.
No hice preguntas. Confío en que Mort tendría sus razones. Pero aún no me explico como hizo para que el cuerpo de la chica pareciera tan descompuesto de la noche a la mañana.

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