Soir. Mi nombre es Simianne, nombre que se desvía de una antigua familia
provinciana y francesa, en cuanto se funde en los vaivenes y la imaginación de
la primera adolescencia, entre rojo, azul y blanco concebida. Sangre, moretón y
la pálida piel que el cuerpo cubre. Error en cualquier otro origen que se pretenda.
Cuando entré al bar no buscaba el antiguo cobijo del tinto, habiendo
percibido que el simple hecho de beberlo no es el simple hecho de beberlo en
cuanto invoca el pasado en el aroma a noche provinciana y negra. Apenas en la
mezcla de esencias exaltadas en disertaciones pretendía fundir la mía para
olvidar en el ser no siendo que la muchedumbre forja.
La mirada discreta y en soslayo hacia la puerta que limita el mundo afuera.
El mundo afuera.Y cada uno de ellos aquí dentro. Cuántos no habrá confundiéndose unos con
los otros, bajo tantas sensaciones que provoquen tal confundirse. Así la
influencia. Entonces, un ambiente devora lentamente el otro. Ambiente nuevo. Ya
desapareció. No, allí está. Acaban de tragárselo. En otro, se sacrificó para gestar
uno nuevo. Eso es lo que lo diferencia de la pesada ola de aires de afuera. Y
en el confundirse aquí dentro, qué cobijo no encontrara una esencia cansada de
caminar en vano, “por Montevideo, por su amargo mar”…
Esa es la voz. Y resiste. Al ir y venir. De constantes voces que cambian y explotan para fundirse en una nueva. Es así, de ruinas; una cosa a otra. Crecer, no desde el pie. Y quizá sí. Esa es la voz. En algún lugar del bar suena otra voz, el subconsciente lleva a acaparar una palabra por sobre todas:
Recuerdo. Irr. Lo dicho suena a saudade.
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