Ink-Cocktail
Sunday, 17 March 2013
A veces parece que la descomposición de la noche en este bar se lleva a las apuradas. Como si las palabras adelantaran el ritmo y adentraran en lo profundo de la noche luchando las unas con las otras en una búsqueda por sobrevivir, matando irónicamente una forma del tiempo que es la noche, y una forma más precisa del tiempo que es la noche en este bar, y una forma más precisa del tiempo que es la noche en este bar en la maraña de pensamientos de aquel cliente que acaba de sentarse junto a la última ventana, como si esa última ventana fuera capaz de permitirle acceder a dos realidades al mismo tiempo. La del tumulto de un bar en la noche, la del silencio de la calle afuera.
Saturday, 9 February 2013
Descomposición
—Teniente, no creo que se pueda identificar en este estádo.—Tu has tu trabajo Mort. Deja que los forenses se encarguen de determinar eso.
Cerré el baul del auto, como la tapa de un ataúd. El Ford V8, ese caparazón de metal, encerraba el crimen en su interior así como la conciencia del asesino. Es mi trabajo desenterrar esa conciencia, así sea golpeando la cabeza del maldito contra el interior de una celda.
—Acordonen esta área, no quiero que nadie toque nada de ese auto hasta que los forenses me digan una fecha, una hora y una fase lunar.
Saque el estuche del bolsillo izquierdo del saco, y el encendedor zippo del derecho. Encendí el cigarrillo mientras pensaba en la marca del encendedor. Garantía de por vida: si un encendedor zippo se rompe, no importa lo viejo que sea ni cuántos propietarios haya tenido, la compañía lo remplazará o lo arreglará completamente gratis. El lema es que prende sin importar el clima. Viento o lluvia y prendía garantizado. Una llama siempre ardiente...
—Señor...
—Perdón, estaba pensando en lo frágil que es una llama humana.
—¿Cómo?
—No importa Mort, volvamos a la estación. Tenemos que atrapar a este maldito.
Subimos al auto, con ese gesto de sostenerse el sombrero al bajar la cabeza, tan parecido a cuando se le toma la cabeza a un criminal para que no se golpee. Como si nosotros mismos nos lleváramos cautivos. Pero ¿acaso no es eso la vida de policía? Uno está preso en la oficina, convicto en la calle, recluso en sus obligaciones, perseguido por la responsabilidad. Somos la última frontera que se alza entre esta ciudad y el caos.
—Empecemos por rastrear la matrícula del auto.
Entramos a la estación y fuimos directo a los archivos. El jefe me gritó algo, pero no estaba de humor, así que fingí no oírlo. Stan estaba ahí sentado donde siempre, en la puerta del archivo. Sus gafas redondas y su visera verde, enmarcando la mirada fija en el Tribune. Hubiera pasado a su lado sin saludar también, pero el tenía las llaves del archivo.
—Hola Stan, tenemos que rastrear una matricula.
—¿Tenemos? ¿Quiénes?
—No te pases de listo Stan. Abre esa maldita puerta.
Con las pobladas cejas fruncidas y los labios en trompa, pero nos abrió la puerta. El auto era de un tal Phil Cardigan, domiciliado en la calle 24 y la quinta. No muy lindo barrio, pero lo conocía medianamente bien. Revisé mi arma y salimos por el estacionamiento para evitar al jefe.
Llegamos en menos de diez minutos. Era un bar irlandés. Esa pinta decadente de poetas bohemios escapando del tedio, mezclada con obreros borrachos escapando de la realidad.
—¿Tú otra vez?
Mort no había bajado del auto aún y el gordo entró apresurado. No iba a escapar al interior... A no ser que el bar tuviera una puerta trasera...
—¿De dónde lo conoces Mort?—Dije al tiempo que cerraba la puerta del auto. Mort no respondió. Entré por la puerta principal. No había clientes, las sillas dadas vuelta, vidrios rotos por doquier, y el barman gordo con un taco de pool en la mano, acercándose enfurecido
—¿Dónde está mi hija maldito hijo de puta?
Mort sacó su arma y lo bajó de un solo tiro. Seguí el trayecto de la bala hasta el cañón humeante, su mano hasta su rostro impávido, y su mirada hasta el cadáver fresco como una lechuga.
—No hagas preguntas Garret y ayudame a meterlo en el baúl del auto.
No hice preguntas. Confío en que Mort tendría sus razones. Pero aún no me explico como hizo para que el cuerpo de la chica pareciera tan descompuesto de la noche a la mañana.
Friday, 1 February 2013
Soir. Mi nombre es Simianne, nombre que se desvía de una antigua familia
provinciana y francesa, en cuanto se funde en los vaivenes y la imaginación de
la primera adolescencia, entre rojo, azul y blanco concebida. Sangre, moretón y
la pálida piel que el cuerpo cubre. Error en cualquier otro origen que se pretenda.
Cuando entré al bar no buscaba el antiguo cobijo del tinto, habiendo
percibido que el simple hecho de beberlo no es el simple hecho de beberlo en
cuanto invoca el pasado en el aroma a noche provinciana y negra. Apenas en la
mezcla de esencias exaltadas en disertaciones pretendía fundir la mía para
olvidar en el ser no siendo que la muchedumbre forja.
La mirada discreta y en soslayo hacia la puerta que limita el mundo afuera.
El mundo afuera.Y cada uno de ellos aquí dentro. Cuántos no habrá confundiéndose unos con
los otros, bajo tantas sensaciones que provoquen tal confundirse. Así la
influencia. Entonces, un ambiente devora lentamente el otro. Ambiente nuevo. Ya
desapareció. No, allí está. Acaban de tragárselo. En otro, se sacrificó para gestar
uno nuevo. Eso es lo que lo diferencia de la pesada ola de aires de afuera. Y
en el confundirse aquí dentro, qué cobijo no encontrara una esencia cansada de
caminar en vano, “por Montevideo, por su amargo mar”…
Esa es la voz. Y resiste. Al ir y venir. De constantes voces que cambian y explotan para fundirse en una nueva. Es así, de ruinas; una cosa a otra. Crecer, no desde el pie. Y quizá sí. Esa es la voz. En algún lugar del bar suena otra voz, el subconsciente lleva a acaparar una palabra por sobre todas:
Recuerdo. Irr. Lo dicho suena a saudade.
Friday, 18 January 2013
Llorando alcohol
Acérquese, arrime un banco a la barra. No tenga miedo. Mi nombre es Sinnlos, Irr Sinnlos. ¿Qué le sirvo? Sabe, yo llevo una vida sencilla. Espartana dirían muchos. Yo prefiero decir que sencilla, porque una vida espartana implica cierto entrenamiento, da un aire militar... Como decía, llevo una vida sencilla como escritor. Qué hago atendiendo este bar, se preguntará. Ah, yo seré escritor, pero no vivo dello. Uno no se hace rico escribiendo, al contrario. Es bien sabido que uno tiene que sufrir por el arte, y para el arte. Y también es bien sabido que los que más toman son los que tienen penas que ahogar. Yo tomo por si las dudas, porque algo me debe haber pasado para llegar a donde estoy. No, no me acuerdo de nada. Bueno, me acuerdo de ciertos detalles...
Una mañana en la feria, almorzar en un café con unos amigos, el aroma de su pelo rosando mi hombro, un viejo ciego tocando un bandoneón en la esquina, esta misma esquina tal vez, tal vez en otra ciudad, en otra vida... La vidriera de una tienda de antigüedades, un portaretrato con una foto en sepia. Y de golpe todo blanco. Todo mezclado. No estoy seguro de nada. Puede que fuera un desdichado y por eso tomo, pero tal vez era el hombre más feliz, y entonces tomo por lo que perdí. Sea como sea, este antro encanutado, en la esquina de mi mente, me sirve de fosa común para un entierro en alta mar, sepultar bajo el fondo de un vaso una nostalgia que me inunda el pecho, y me oprime el corazón.
No hay peor nostalgia que de algo incierto. Un recuerdo que no se deja sino entrever, cosa que la mente te de una mala pasada y armes el rompecabezas de la peor manera posible; esta pieza la pongo acá porque es más bonita que esta otra, esta pieza me gusta que esté acá, así que la fuerzo a que entre por más que no tenga la forma, y esta otra, que demuestra que todo es como yo digo que es, esta la pego con cinta por encima, cosa de darme la razón a bofetadas. Llora mi alma de fantoche, llora triste en esta noche...
¡Espere! ¡No se vaya! Quédese por otra copa. Tómese un cocktail de tinta con nosotros, la casa invita.
Una mañana en la feria, almorzar en un café con unos amigos, el aroma de su pelo rosando mi hombro, un viejo ciego tocando un bandoneón en la esquina, esta misma esquina tal vez, tal vez en otra ciudad, en otra vida... La vidriera de una tienda de antigüedades, un portaretrato con una foto en sepia. Y de golpe todo blanco. Todo mezclado. No estoy seguro de nada. Puede que fuera un desdichado y por eso tomo, pero tal vez era el hombre más feliz, y entonces tomo por lo que perdí. Sea como sea, este antro encanutado, en la esquina de mi mente, me sirve de fosa común para un entierro en alta mar, sepultar bajo el fondo de un vaso una nostalgia que me inunda el pecho, y me oprime el corazón.
No hay peor nostalgia que de algo incierto. Un recuerdo que no se deja sino entrever, cosa que la mente te de una mala pasada y armes el rompecabezas de la peor manera posible; esta pieza la pongo acá porque es más bonita que esta otra, esta pieza me gusta que esté acá, así que la fuerzo a que entre por más que no tenga la forma, y esta otra, que demuestra que todo es como yo digo que es, esta la pego con cinta por encima, cosa de darme la razón a bofetadas. Llora mi alma de fantoche, llora triste en esta noche...
¡Espere! ¡No se vaya! Quédese por otra copa. Tómese un cocktail de tinta con nosotros, la casa invita.
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